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SOCIEDAD

19 de junio de 2022

Tenía 6 años, estaba jugando en la vereda y la familia de su amiguito lo secuestró y lo mató

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Se cumplen 17 años del asesinato de Santiago Miralles. Sus vecinos fueron condenados, pero ya ninguno está preso. “La Justicia no es justa”, dijo el papá .

“Si es verdad que lo asesinaron, estamos frente a otro desastre, igual que Cromañón, aunque la víctima haya sido una sola”, decía el titular de la organización Red Solidaria, Juan Carr, a principios de julio de 2005. Hablaba de Santiago Miralles, el nene de seis años que desapareció mientras jugaba con un amigo en la localidad de Canning y cuyo cuerpo, tres días después, encontraron en la casa de sus vecinos, al lado de la suya.

A punto de que se cumpla el decimoséptimo aniversario del hecho, ya no hay dudas de que fue un desastre. Santiago fue secuestrado por una familia completa a la que conocía, tres hombres y una mujer, que intentaron cobrar un rescate por él, pero, asustados por el despliegue policial que se organizó para su búsqueda, terminó asesinándolo de la manera más cruel.

Ya en 2008, la Justicia condenó al matrimonio formado por Enrique Eloy Coito Piriz y Ana Isabel Machado Vargas, al hijo de estos, Henry Alexander Coito Machado, y su padrino, Abel Domínguez Farias, a la pena de prisión perpetua. No obstante, actualmente ninguno de ellos está preso. “No se merecen seguir vivos”, sostuvo atravesado por el dolor Walter Miralles, papá de Santiago.

“Prepará 20 mil pesos”

“Papá va al chapista y vuelve”, le dijo Walter a su hijo aquella fría tarde invernal cuando salió de su casa rumbo a un taller mecánico ubicado a pocas cuadras de distancia para arreglar el auto. Dejó a Santi jugando en la vereda con un amiguito, el hijo menor de su vecino, sin saber que esa sería la última vez que lo iba a ver con vida.

Cuando el papá volvió un par de horas después, Santiago ya no estaba y empezó una carrera desesperada contrarreloj de la que participaron 400 policías y decenas de vecinos que peinaron la zona y lo buscaron casa por casa.

No habían pasado ni 24 horas todavía cuando la familia Miralles recibió el llamado que le puso voz al horror que estaban viviendo. “No quiero policías ni prensa, prepará 20 lucas para mañana si querés volver a ver al nene”, escucharon del otro lado de la línea.

El viernes, dos días después de la desaparición, los Miralles habían logrado reunir $5 mil de los 20 que les habían exigido, pero el teléfono no volvió a sonar y tampoco había rastros de Santi. Fue el sábado cuando, finalmente, la insistencia de un perro de la División Canes de la Policía bonaerense terminó con la esperanza a la que se había aferrado la familia.

Los vecinos, los asesinos

A solo 50 metros de la casa donde vivían estaba el nene desaparecido, en la cámara séptica de sus vecinos y con una caja de cerámicos atada alrededor de su cuerpo para asegurarse de que no saliera a flote. La autopsia estableció después que lo habían asesinado de dos golpes de maza en la cabeza y que había sido sumergido inconsciente, pero todavía vivo, en el pozo ciego.

El aberrante crimen terminó con la vida del nene y, de alguna manera, también con la de toda una familia. “Santi era un chico muy feliz, muy maduro”, describió a TN su papá, y añadió: “Le gustaba ir al colegio, estaba en primer grado. También acompañaba a sus abuelos a misa y la gente se sorprendía porque siendo tan chiquitito rezaba tanto”.

Pero de un día para el otro, esa risa fácil, los abrazos que le daba a su mamá cada vez que volvía a su casa de trabajar, todo ese micromundo que les pertenecía así, tal cual lo conocían, se desmoronó y quedó convertido en pedazos. Lo peor, es que nunca vieron venir el peligro y estaba demasiado cerca.

“Los asesinos eran nuestros vecinos: el matrimonio, el hijo mayor de la pareja y su padrino”, señaló el hombre, y aseguró: “Eran personas normales, tenían un nene de la misma edad de Santi que venía todos los días a casa a jugar”. Cruzaban saludos, alguna opinión sobre temas sin demasiada importancia, pero aunque no se conocían en profundidad, tampoco hubo nunca ningún signo de alerta sobre ellos.

De acuerdo a la reconstrucción, los condenados planeaban pagar una deuda con el dinero que consiguieran a cambio de liberar a Santi, pero no contaban con el impacto que generaría la noticia del secuestro del menor. Lo mataron para que no los delatara.

“Santiago no tuvo la posibilidad de defenderse, la inocencia se fue cuando fue atacado por esas bestias que ahora están libres”, dijo tiempo atrás en una entrevista la mamá del nene, Silvia Morales.

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