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SOCIEDAD

6 de febrero de 2022

Testimonios en Puerta 8, con los muertos, los sobrevivientes y los narcos

Es uno de los 4.416 barrios vulnerables y asentamientos registrados. Saltó a la fama por la cocaína adulterada. Sus vecinos relatan cómo murieron sus hijos o hermanos, como sobrevivieron otros, acusan a la policía de llevarse perejiles y la relacionan con los narcos, dueños de la zona.

“Los que vivimos acá somos todos laburantes”, aclara Jackelin mientras trabaja en uno de los almacenes de Puerta 8, el barrio del partido bonaerense de Tres de Febrero donde se vendió la cocaína adulterada, con una sustancia aún sin identificar, que ocasionó 24 muertes y provocó la internación de más de 80 personas. “Mi primo Walter está internado; allanaron la casa de mi tío que dicen que es el famoso búnker, pero nunca hubo búnker ahí. Esa casa estaba para construir y ahí se metía mi primo, el que consume”, cuenta Jackelin, pelo rubio platinado y ojos almendrados, y precisa que el auténtico búnker estaba bien al fondo de este pasillo angosto, que se distingue de otros porque al ingresar hay un mural con el escudo del club River Plate y el banco de madera que usan los llamados “soldaditos”, jóvenes que se encargan de vigilar y advertir la presencia de desconocidos en cercanía de los lugares desde los cuales los dealers venden drogas.

El "circo" de la policía bonaerense
La amabilidad de Jackelin ante la “plaga” de periodistas que visitan por primera vez Puerta 8, ubicada a metros del cruce entre el Camino del Buen Ayre y la Ruta 8, cerca del Ceamse, se va diluyendo por el cansancio de repetir lo que para ella es evidente: que las personas que integran las 170 familias que viven en el barrio trabajan como albañiles, en fábricas, carnicerías, haciendo changas o juntando cartón, madera o metales que separan de los residuos. “La verdad que fue un infierno lo que vivimos estos días; la policía se llevó a mi papá y a mi hermano”. ¿Siguen detenidos?, pregunta esta cronista. No contesta Jackelin porque una señora que entra al almacén responde por ella: “Los largaron, si son inocentes; ¡no tienen nada que ver!”. 

En el primer allanamiento en el barrio, el miércoles pasado, la Policía Bonaerense secuestró 400 papelitos con cocaína y detuvieron a 11 personas, todos hombres, uno de ellos menor de edad. A Juan, el padre de Jackelin, se lo llevaron por ser el dueño del almacén que está detrás de la casa donde la policía encontró drogas y armas. Los vecinos de Puerta 8 inmediatamente denunciaron que eran “perejiles” y los familiares de los detenidos salieron a protestar y cortaron la avenida Eva Perón y Tucumán.

Varios vecinos se quejan porque la Policía Bonaerense “finge operativos” a los que definen como “circo” porque “agarran a perejiles”. Un vecino habla, pero pide que no aparezca su nombre. “El policía que le vino a avisar a los narcos está detenido. Encima trajeron droga de otro lado para plantarla; acá todo se sabe... Las bolsitas tenían precios y las que se venden acá nunca tienen precio”, comenta este detalle como quien tiene un as bajo la manga. 

El año pasado la Policía Bonaerense realizó dos operativos por comercialización y distribución de drogas en Puerta 8, el 17 de noviembre y el 14 de diciembre pasado, según informó el ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, Sergio Berni. Entonces detuvieron a seis personas y se incautaron armas de fuego. En noviembre encontraron 63 gramos de cocaína y 16 gramos de marihuana. En diciembre, fueron 30 envoltorios de cocaína y 34 de marihuana.

Walter y el intendente Diego Valenzuela
Algunos perros sueltos mueven la colita ante los fotógrafos y camarógrafos; un gato blanco huye despavorido y se oculta detrás de un cartel medio destartalado con el rostro del intendente Diego Valenzuela, de Juntos por el Cambio, con una frase desmentida por el propio paisaje: “Tres de Febrero está mejor”. 

La suegra de Walter, el primo de Jackelin, camina apurada por uno de los pasillos hacia la salida porque quiere llegar al hospital Posadas antes de las 12, horario en que le darán el parte médico de su yerno. Tiene un paquete de pañales en las manos, la preocupación acumulada en la mirada y la tristeza ralentizada en el tono de voz. 

“Walter está tratando de evolucionar, pero no… está hinchado y duerme mucho. Los médicos dicen que no tendría que dormir tanto”. No llora, pero hace una pausa, como si necesitara tomar mucho aire para evitar las lágrimas y a la vez espantar cualquier mal pronóstico. 

“Ellos (por los adictos) no te dicen voy a consumir; al menor descuido lo hacen”. Walter --que tiene 35 años y permanece internado desde el miércoles-- es soldador y también estaba haciendo changas cargando palet, un armazón de madera empleado para el movimiento de carga.

Puerta 8 es uno de los 4.416 barrios vulnerables y asentamientos alistados en el Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap), que depende del Ministerio de Desarrollo Social, a cargo de Juan Zabaleta. Rosa dice que tiene 68 años, pero parece más joven. Sonríe como si tuviera todos los dientes. “Cuando vine acá, hace más de cuarenta años, había un ranchito, mi casa, que era toda de maderita. También estaba una señora que vivía atrás, Estela, que tenía dos hijos. Después un matrimonio viejito y nadie más. Todo esto era monte”, recuerda Rosa y salta de ese pasado con una vegetación exuberante a estos quince minutos de fama generados por la cocaína envenenada. Como otros vecinos, no se cansa de subrayar que los que venden la droga no son del barrio. No viven en Puerta 8. “El primero que vendió droga acá, no me acuerdo cómo se llamaba, andaba con revólver. Ese está guardadito, no salió más”, asegura Rosa.

“Los pibes se caían por los pasillos”
La mayoría de las casas distribuidas por los pasillos son bajas; se ven pocas construcciones en altura con un piso o dos. Como no hay asfalto, cuando llueve se inunda y se forman charcos. Algunas casas tienen techos de chapas y están como a medio terminar; hechas precariamente con lo que pudieron conseguir: puertas, ventanas, ladrillos, rejas o plásticos de diversos colores. En cambio las casas que están frente a la plaza Catamarca tienen ladrillos a la vista, en algunos casos están construidas en dos niveles, el garaje en la entrada, un pequeño jardín o pileta. Andrea, que trabaja en una cooperativa, toma mate en la puerta de su casa, donde vive con sus cuatro hijos, todos menores que “no consumen”. Está acompañada por dos amigos: Josué y Román.

--¿Hay mucho consumo de drogas acá?

--Más vale --confirma Román, que junto a Josué clasifican el cartón que consiguen en el Ceamse, pero también aprovechan la comida que descartan los supermercados, desde distintos cortes de carne hasta paty, artículos electrónicos y todo lo que les pueda ser útil para vender.

Graciela tiene el cabello recogido en una trenza, una gorra y calzas negras. “Yo no quiero hablar sobre este tema, perdoname, yo sé que es tu trabajo, pero con este tema no me voy a meter. No te puedo decir nada, no voy a hablar”. 

Juan Carlos --que la escucha y la comprende-- conoce a varios de los que murieron por haber consumido la cocaína adulterada: a uno que trabajaba en el matadero y a una chica que encontraron muerta en el Churruca. “Hasta mi hermano cayó en la volteada”, declara con los brazos cruzados y una angustia que no termina de explotar. José, el hermano de Juan Carlos, murió el miércoles. Todos los que murieron “estaban viciados”, así lo dice para referir que eran adictos. José, el hermano muerto, hacía changas, vendía carnadas de lombriz. 

Graciela, la que no quería hablar, interviene: “Los pibes se caían por los pasillos --repasa lo que vivió como testigo--. Mi hijo consumió cuatro bolsas, se sentía mal, pero no quería ir al hospital. Tomaba agua y agua. Yo me quedé toda la noche mirándolo, a ver si le pasaba algo, si respiraba o si le agarraba convulsiones. Yo lo quería llevar al hospital, pero él no quería ir. Después salió a buscar de nuevo, quería seguir tomando droga porque es muy adicto. El trabaja para su droga. No tiene familia, es decir no tiene mujer ni hijos, vive conmigo”.

El hijo de Graciela, que tiene 36 años y consumió cuatro bolsitas, estaba desesperado buscando drogas por todos lados. Juan Carlos aporta que vio a dos muchachos vomitando por los pasillos. El jueves, advierte Graciela, apareció personal del Ministerio de Salud del municipio de Tres de Febrero y casa por casa preguntaron si habían consumido, cómo estaban y si necesitaban asistencia. 

Graciela fue hasta el juzgado para tratar de internar a su hijo y le dijeron que como él es mayor de edad no pueden hacer nada, porque tiene que surgir de él mismo la necesidad de ser internado para dejar de consumir. “Una vez se quería poner de soldadito para poder consumir cuando no tenía plata. Yo agarré un cuchillo y le dije: ‘te juro que te lo doy en la pierna’. Yo le ando atrás”, confiesa esta madre desesperada por rescatar a su hijo de la adicción. “Mi otro hijo también consumía y se metió en la iglesia evangelista y cambió: nunca más se drogó. Hasta había llegado a robar para consumir. Ahora es un pibe trabajador que vive con sus hijos y su mujer. Yo tengo la esperanza de que mi otro hijo también pueda cambiar, que el hermano lo meta en la iglesia y deje la droga. Yo tengo un hijo muerto: el mayor también consumía; lo mataron adonde fue a robar”.

Los dueños del barrio
En una de las casas frente a la plaza Catamarca vive Carlos desde 1995. “Yo no estoy en contra de la gente que vende ni contra los que consumen, sino en contra de la droga. Hay que ayudar a los pibes para rescatarlos; hay muchos chicos que necesitan ayuda, pero como están tan metidos no quieren salir porque buscan olvidarse de su problema y con las drogas se olvidan por dos minutos”, reflexiona Carlos, que trabaja como albañil. 

“Esta casa la construí mientras laburaba en un frigorífico que está en Polvorines y se llama Visom. Trabajaba de noche y la casa la construía de día, haciendo sacrificios. A veces miraba a algunos y me preguntaba cómo pueden tener todo tan rápido y uno que labura no lo puede tener”, plantea Carlos, que tiene cuatro hijos de 19, 17, 12 y 8 años.


Además de vecinas, Mercedes y Rosa, ambas con jubilación mínima, son amigas. “Parece que sólo se consume drogas en Puerta 8. ¿Por qué no van a Fondo Libertador, que anoche venía gente que compraba ahí? ¿Por qué no van a La Esperanza, que también están vendiendo? ¿Por qué solamente acá?”, se pregunta Mercedes y agrega: “Los que vendían acá se fueron porque les avisaron. Acá nadie puede hablar porque lo primero que te dicen es ‘vamos a bajar a tu marido a tiros’, ‘te vamos a matar a tus hijos’, más vale que no hable”. 

Luciano escucha a su abuela Mercedes y cuenta que la Policía Bonaerense se llevó a un compañero de él, de 14 años. “Se lo llevaron esposado como si fuera un delincuente”, cuestiona Rosa y añade que el chico al que se llevaron es “un chiquito estudioso”. A Tiago, el compañero de Luciano, que juega al fútbol en la canchita de la plaza Catamarca, lo liberaron. Pero está asustado y no quiere hablar. Tiene miedo. “Acá, si salen a los tiros, metete adentro, debajo de la cama, porque te agarra un tiro y chau”, resume Rosa el temor de quedar en medio de una balacera.

Las tres plagas de Puerta 8
Hay tres plagas que asedian a los vecinos de Puerta 8: la plaga de los que venden drogas, la plaga de los periodistas, que aparecen apenas se asoman por los pasillos, y la plaga de las moscas. Mercedes confirma que los que vendían drogas se fueron, no están más. “Ustedes (por los periodistas) van a estar toda la semana, pero después se van a ir y van a venir a vender peores, porque fulano le entregó a mengano el barrio. Ellos son los dueños del barrio. Nosotros que vivimos acá no tenemos derecho a salir con los chicos por el pasillo”, afirma Mercedes, que tiene que lidiar con la diabetes que le diagnosticaron y con un marido enfermo de mal de Parkinson.

Rosa fue empleada de una cooperativa en reparaciones de casas. “Yo miraba y aprendía para hacer cosas en mi propia casa. Yo ahora le puedo decir a un albañil ‘no va esa ventana así’”, revela orgullosa de todo lo que aprendió. Mercedes trabajó por horas como empleada doméstica, pero cuando le diagnosticaron diabetes tuvo que cambiar su vida y empezó a trabajar en su casa. Hace cortinas para un taller. Por cortina le pagan 35 pesos. “Las vas a comprar y salen 2.700 pesos, pero a mí me la pagan 35 pesos y estoy nueve o diez horas por día sentada a la máquina de coser”, condensa Mercedes con su ejemplo el paradigma de la explotación capitalista: máximas ganancias y salarios miserables.

 

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