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CULTURA

2 de mayo de 2021

Volver a la ‘normalidad’ sería retornar a la crisis

La teórica y autora de “No logo” acaba de publicar “En llamas”, libro donde plantea la urgencia de un “nuevo acuerdo verde”; asegura que el Papa Francisco es un líder transformacional

“Hay algo para aprender de lo que estamos viviendo durante esta pandemia”, dice Naomi Klein a los medios de comunicación.Se encuentra en Canadá, en plena promoción de su último libro, En llamas y la escritora plantea que ese aprendizaje resulta urgente, ante una crisis global que remarca no hará más que empeorar si no tomamos medidas inmediatas. “La situación”, remarca, “sólo puede decantar en una crisis mayor”.

Hay algunos indicios de esperanza, sin embargo. La irrupción de nuevas voces, como las de Greta Thunberg o la legisladora demócrata Alexandria Ocasio Ortiz, se suman a ciertos liderazgos como el del Papa Francisco, al que define como “transformacional”. Pero aun así, insiste, “los adultos deben implementar los cambios necesarios si queremos que los jóvenes tengan un futuro”.

Como el lingüista, politólogo y filósofo Noam Chomsky, al que define como uno de sus referentes, Klein divide su tiempo entre la escritura y el activismo, combinación que evidencia el encabezado de su libro: Un (enardecido) argumento a favor de Green New Deal.

-¿Cuáles son las lecciones aprendidas tras un año de pandemia global?

-¡Oh, son muchas! La primera, que no hay una solución nacional para una crisis global. Hemos visto mucho “nacionalismo” con las vacunas, pero esos intentos resultan moralmente corruptos, además de que no funcionan. Lo que ocurre en la India demuestra que ningún país puede controlar esta pandemia por sí solo y que, si no trabajamos juntos, no seremos capaces de superar esta crisis, al igual que con la crisis climática. Creo, también, que otra lección de todo esto es que cuando afrontamos una crisis que pone en riesgo la vida no podemos permitir que las empresas busquen obtener la mayor ganancia posible. Más aún cuando tenemos esta situación paradojal en que los laboratorios recibieron una suma gigantesca de fondos públicos, pero prevaleció la lógica del mercado y permitió que la industria farmacéutica privatizara la investigación. Necesitamos que todos tengan acceso a esos hallazgos. Una tercera lección es que queda claro que hasta ahora hemos tratado a las personas a cargo de mantener unida a la comunidad, desde maestros a enfermeras y trabajadores sociales, como si fueran dispensables. Recién ahora, con la crisis, vimos que eran esenciales. Debemos invertir en la infraestructura humana de nuestra sociedad, no solo en la edilicia o tecnológica. Ahora tenemos la oportunidad de corregir esto de un modo que, además, resultará de bajo impacto para la naturaleza. Y una última lección es que comprendimos, a medida que se levantan las medidas restrictivas, cuán valioso nos resulta volver a conectarnos con lo que nos rodea, con las playas, con los bosques, evidenciando cuán importante es garantizar el acceso de todos a la naturaleza.

-¿Esta pandemia nos presenta una oportunidad para replantearnos qué es o debería ser la “normalidad”?

-Sí, creo que lo normal era la crisis y que, por tanto, volver a la “normalidad” sería retornar a la crisis, tanto para el mundo natural que nos rodea, como para nuestras vidas cotidianas. Se lo planteo de ese modo: yo no quiero volver a vivir en la vorágine en la que vivíamos. Quiero poder volver a viajar, claro, pero sólo cuando sea esencial. Tendremos que replantearnos qué es o debería ser lo “normal” porque lo que tomábamos por normal era desastroso [risas].

-¿Qué puede hacer un ciudadano hacer ante este contexto, en particular los jóvenes?

-Creo que los más jóvenes tienen un rol muy poderoso que asumir en todo esto. No solo por sí mismos, sino cuando se conectan entre ellos, y de allí la importancia de unir fuerzas. Por supuesto, no todos tienen que ser como Greta Thunberg, ni tienen que posicionarse al frente, en la primera fila, pero en un movimiento hay lugar para todos y todos son bienvenidos. Hay personas que pueden hacer una diferencia con solo andar en bicicleta en vez de subirse a un automóvil, por ejemplo, y reducir así su huella de carbono. Pero necesitamos también que las grandes corporaciones tomen medidas y muchos jóvenes están presionando a los adultos, a los políticos, para que eso ocurra. Los jóvenes están sonando la alarma y planteando que estamos ante una crisis moral. Son los adultos, por tanto, los que deben implementar los cambios necesarios si queremos que los jóvenes tengan un futuro.

-¿Hubo algún libro que consideró decisivo en su camino?

-Cuando era muy chica leía libros sobre la naturaleza, pero ya en la Universidad, me ayudó mucho escuchar a Noam Chomsky. Fue muy formativo. También lo fue leer a Richard Carson [por el profesor de la Universidad de California en San Diego, considerado el economista ambiental más citado del mundo], quien logró en sus textos hablarle tanto al corazón como a la cabeza de la gente. Y ya siendo algo más grande, leer a Eduardo Galeano me resultó muy valioso por su capacidad de levantar las barreras entre disciplinas muy distintas. Howard Dean [por el ex gobernador de Vermont] también resultó un punto de referencia. Lamento que muchas de estas personas, a las que considero mis mentores, ya no estén.

-¿Cuál es la esencia de su “Nuevo Acuerdo Verde”?

-Creo que la mejor síntesis la ofreció Alexandria Ocasio Ortiz cuando explicó que es un plan para combatir el cambio climático y la pobreza al mismo tiempo. Esa es la meta, tanto en su dimensión internacional como en su enfoque más local. Porque si tenemos que cambiarlo todo –y será así, desde el transporte a la agricultura-, ¿entonces por qué no hacerlo abordando también las cicatrices y fracturas que dividen a nuestras sociedades? Debemos afrontar lo que ocurre, por ejemplo, con la falta de acceso a viviendas, ni a un empleo digno, de quienes viven en las “villas miserias” [en español] de la Argentina. Por eso, la propuesta es que aquellos que fueron los más excluidos sean los más beneficiados, accediendo a los empleos derivados del desarrollo de la nueva infraestructura que necesitamos, aunque también tenemos que ser honestos y redefinir qué significa tener una “buena vida”.

-¿Qué quiere decir?

-No es posible creer que todos tendremos acceso a un consumo siempre en ascenso. No tenemos los suficientes recursos para que todos vivan bien, de acuerdo a lo que hoy se considera “vivir bien” desde la perspectiva unidimensional del consumismo. Debemos tomar en cuenta otros factores, desde la vivienda a la educación y, en última instancia, el bienestar.

-Su “Nuevo Acuerdo Verde” incluye, también, un impuesto progresivo a las grandes fortunas y un avance muy claro sobre los paraísos fiscales…

-Con el grado de inequidad económica que tenemos en estos momentos y que se ha incrementado de manera sustancial durante la pandemia, la situación solo puede decantar en una crisis mayor. Las fortunas de la casta millonaria crecieron de manera exponencial, permitiéndole financiar o comprar campañas electorales o incluso competir ellos mismos por la Presidencia para satisfacer sus propios egos, como saben ustedes muy bien en la Argentina. ¿Sinceramente? Pienso que hay algunos billonarios que incluso creen que pueden “escaparse” del drama que están generando, literalmente, y ahí tenemos a Elon Musk o a Jeff Bezos financiando programas espaciales, interesados en desarrollar colonias espaciales. Son ejemplos, apenas, de lo que piensan muchos otros: que la riqueza puede protegerte de los desajustes de este planeta. Estamos en una crisis planetaria y algunos ricos creen que pueden salvarse colonizando Marte.

-Dedica un capítulo de su libro En llamas al Vaticano. Dado que el Papa Francisco es oriundo de la Argentina, la pregunta resulta obvia: ¿Considera que la Santa Sede es parte del problema o de la solución para los problemas globales?

-[Calla por unos segundos] Creo que ambas [risas]. Por lo pronto, siempre ha sido parte del problema. Para serte honesta, creo que toda religión organizada, como la tradición judeo-cristiana, tiene mucho que responder por su desprecio, durante mucho tiempo, de la ciencia y la tecnología, como así también en promover la fantasía de la dominación humana sobre la naturaleza. ¿Creo que el Vaticano es parte del problema? Oh sí. Acaso sea la “zona cero” de nuestros problemas. Pero dicho eso, creo que el Papa Francisco es un líder transformacional y que impulsa un liderazgo que comprende que debemos actuar dentro de las instituciones que tenemos. Su voluntad de plantear cuestiones que apuntan al corazón de la jerarquía eclesial e incluso sobre ciertos dogmas, muestran que es el tipo de líder que necesitamos a todos los niveles, aunque no tengamos muchos de ellos. Siempre digo que si el Papa puede desafiar al Vaticano como lo está haciendo, eso nos presenta un desafío a todos los demás para transformar las instituciones en las que estamos.

-¿Se imaginó alguna vez que leería una encíclica papal como terminó leyendo “Laudato si’”?

-¡No! [Risas]. Me encantó esa encíclica. Pienso que es un documento extraordinario. Tengo mis objeciones obvias hacia el Vaticano, pero creo que es todo un avance.-¿Qué significa el término “ecofascismo” y por qué le dedicó un capítulo en su libro?

-Si miramos a lo largo de la historia, las ideologías del genocidio tienden a aparecer cuando algunos necesitan racionalizar algo que es insostenible, como la esclavitud. Necesitan una ideología que les permita negar la vida humana. Si no eres cristiano, por ejemplo, no eres humano y, por tanto, podamos avasallar tu vida. Es decir, una ideología que permita una determinada acción. Ahora, con el ecofascismo, estamos ante una crisis climática que puede abrir la puerta para otras justificaciones inaceptables: “¿La gente no puede acceder a vacunas? Bueno, es algo que inevitable. ¿La gente muere por un huracán devastador? Fue la naturaleza”. Estamos viviendo un período de enorme sufrimiento humano que coloca a la humanidad en un punto de definición. ¿Vamos a responder a ese sufrimiento haciendo todo lo que podemos para salvar vidas o le daremos la espalda a ese sufrimiento? ¿Seremos los que diremos ‘abran las fronteras y ayudemos a quienes nos necesitan’? ¿Responderemos a los pedidos de los refugiados alrededor del mundo? ¿Facilitaremos las drogas o permitiremos que unos pocos laboratorios lucren con esta pandemia? Debemos tener cuidado ahora con la posible irrupción de una argumentación que diga: “Bueno, hay demasiadas personas en el planeta, quizá esta sea la forma de la naturaleza de sanarse a sí misma. Quizá está una solución; acaso sea esta la forma en que protegeremos al medio ambiente”. En estos momentos, la opción es clara: o abrimos nuestros corazones o endurecemos nuestros corazones, y el ecofascismo es esa segunda opción.

-¿Es usted optimista?

-[Suspira]. Tengo… sentimientos muy contradictorios, todo el tiempo. Por un lado, me siento aterrada por la velocidad en que nuestra sociedad se está desmadejando. Mientras hablamos, por ejemplo, hay piras funerarias ardiendo en parques de estacionamiento públicos de Nueva Delhi, y observamos una aceleración de la crisis climática. Pero al mismo tiempo, durante los últimos cinco años he visto emerger una nueva generación de líderes políticos como Ocasio Ortiz, Greta Thunberg y tantos más que ni en mis sueños más locos la hubiera imaginado. Por lo tanto, no puedo decir que sea optimista, pero al menos no sé cómo terminará la historia.

-¿Hay alguna pregunta que no le planteé y considere relevante abordar?

-[Calla por unos segundos] Creo que hay algo extraño en lo que he estado pensando mucho durante mientras duró nuestro encierro por la pandemia. Antes solíamos decir que podíamos hacer muchas cosas al mismo tiempo, pero terminábamos exhaustos. Nos abocábamos a múltiples actividades que, al final del día, no nos “recargaban”. Siento que hay algo para aprender de lo que estamos viviendo durante esta pandemia, que a menudo nos ha obligado a bajar nuestro nivel de hiperactividad y, de ese modo, reducir nuestra huella de carbono. A medida que salgamos de la pandemia, la pregunta es: ¿cuál debería ser la velocidad que deberíamos darle a nuestras vidas para que nos permita hacer las cosas que genuinamente nos den placer? Intuyo que, mayormente, esas actividades no producirán huellas de carbono. Pasar más tiempo en la naturaleza, con nuestros afectos, darnos tiempo a nosotros mismos…

En casa
-Dado que los argentinos afrontan una nueva ola de contagios y deben permanecer mucho tiempo en sus casas, ¿qué libros o películas o música o cualquier otra actividad sugiere para distraerse o, acaso, aprovechar el tiempo? ¿Qué hace usted en su escaso tiempo disponible?

-Hmm, bueno… [Calla unos segundos] Para empezar, no tengo mucho tiempo libre [risas]. Pero digamos que tengo un hijo de 8 años que demanda mucho, y ama la naturaleza, así que solemos dar paseos con nuestro perro por el bosque. También cocinamos, mucho, y vemos juntos programas de cocina. Recomiendo el reality “Kids Baking Championship”, que incluye como nueve temporadas. Como verás, lo mío está muy centrado en los chicos [risas].

Itinerario
Nacida en Montreal, en 1970, estudió Filosofía y Literatura en la Universidad de Toronto, donde asumió como redactora jefa de la revista The Varsity, para luego ingresar en el periódico más grande de Canadá, The Globe and Mail.

Sus crónicas y opiniones se publicaron en grandes medios internacionales, de The Guardian y The New York Times, a Le Monde, The London Review of Books y The New Yorker, entre otros.

Escribió varios libros –No logo, La doctrina del shock, Esto lo cambia todo, Decir no no basta–, todos ellos bestsellers internacionales, y ahora lanza “En llamas”.

Integra de la junta directiva de 350.org, un movimiento internacional de acción climática, y recibió numerosos reconocimientos; entre ellos, el Premio de la Paz de Sidney.

 

 

 

 


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