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24 de marzo de 2025
En un kayak dedicó toda una noche a auxiliar a personas desorientadas en medio de la correntada.
Cuando el agua comenzó a subir, el soldado Ariza, de la IIIra División de Ejército, lo perdió todo. Aun así, pudo salvar a su familia y, prácticamente sin saber cómo navegar, tomó un kayak y, en más o menos 40 viajes, pudo evacuar a cientos de bahienses.
Oriundo de San Juan, hace algunos años Javier Ariza decidió trasladarse, junto a su pareja, a Bahía Blanca para ingresar a las Fuerzas Armadas.
En el Ejército Argentino entró con la jerarquía de soldado. Con 27 años, y a punto de finalizar el servicio militar voluntario (que finaliza a los 28 años), desempeñó una tarea heroica en la localidad de Ingeniero White, en Bahía Blanca.
“Estaba en mi casa, desayunando con mis dos hijos, de dos y ocho años. Mi suegra y su pareja vinieron a buscarme para ir a una zona más alta”, contó en una entrevista a un medio bonaerense.
Ariza los siguió sabiendo que su esposa estaba trabajando, en un local del rubro gastronómico, y que pronto regresaría para unirse en el nuevo destino porque el agua ya inundaba las calles.
Al llegar a lo de su suegra, la seguridad no duró mucho tiempo. El agua ingresaba y Javier imaginó que en su casa debía ser peor. Así que regresó por ropa para sus hijos y para dejar en un lugar seguro a sus dos perros.
No paraba de llover. En lo de mi suegra, me dijeron que tomara un kayak de ellos. Lo hice, aunque en realidad no sabía navegarlo. Saqué la puerta del baño y la subí arriba de una cuna, para que hiciera de base. Allí puse a mis perros, porque no sabía qué iba a pasar”, recuerda.
En ese momento llegó su pareja y, juntos, subieron la heladera para salvarla del agua. “Entonces llegó un vecino pidiendo ayuda para llevar a unos niños al club Huracán, donde comenzaban a autoevacuarse. El agua corría con mucha fuerza. Fue una cosa de locos. En ese trayecto me crucé a varias personas y, entre todos, fuimos ayudando a levantar heladeras y muebles. Ninguno imaginó que, más tarde, el agua subiría tanto”.
El soldado regresó por su familia y al llegar vio a los niños parados en sillas. Los subimos a una pared y, finalmente, en el kayak los llevé a una construcción conocida como “el castillo”, que está bien arriba en el terreno. También les llevé colchas y una carpa, porque no sabíamos cuánto seguiría subiendo el agua”, dice.
Javier volvió a la zona inundada y en el viaje vio a una mujer con una nena al hombro. La dejó en un lugar más alto y al regresar se encontró con un panorama desolador: la gente, con ropa y cosas en las cabezas y hombros, buscaba salvar todo lo que podía. Había abuelos y niños.
“Habré hecho entre 30 o 40 viajes hacia el castillo. No saqué cuentas de cuántas personas llevé, porque tampoco sabía bien qué peso resistía el kayak. Así que, a ojo, subía un adulto y uno o dos niños. Iba evaluando”, detalló.