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4 de junio de 2021

Emilio Estévez: de darle la espalda Hollywood al sueño del viñedo propio

De ser una de las principales caras de la industria del cine en los ochenta a refugiarse en la producción de vinos, para regresar a la industria a través de un pequeño proyecto de Disney+

Adiferencia de su padre, Ramón Estévez (conocido como Martin Sheen) y de su hermano Carlos Estévez (Charlie Sheen), Emilio Estévez quiso mantener para su carrera su verdadero nombre. Incluso omitió el Sheen porque no quería obtener favores al ser “hijo de...”, y con el tiempo, comprendió además que el “Estévez” era un modo de abrazar sus raíces hispanas. Y aunque en su juventud fue una de las caras más populares de Hollywood, el tiempo lo llevó a alejarse de la meca del cine y encontrar su vocación lejos de las pantallas. Por este motivo, su regreso a la ficción mediante The Mighty Ducks, le permitió reencontrarse con la industria, luego de varios años de distancia.

El año 1985 fue clave en el cine apuntado a los adolescentes. El club de los cinco fue una película protagonizada por jóvenes, apuntada a ellos y con una temática que de manera descontracturada descubría el infierno cotidiano que podía vivir alguien a esa edad. Pocos meses después, el estreno de El primer año del resto de nuestras vidas continúo la misma línea temática y confirmó el apetito de los espectadores por historias ancladas en ese período de transición, entre la adolescencia y la primera adultez. Emilio Estévez era una de las estrellas de ambos títulos. El actor había realizado un puñado de películas que no trascendieron demasiado (entre ellas Repo Man, una de las obras maestras ocultas de los ochenta y Rebeldes, de Francis Ford Coppola), pero El club de los cinco y El primer año del resto de nuestras vidas le significaron un abrupto salto a la fama. De golpe, él se codeaba con los grandes nombres de Hollywood, compartía un fugaz romance con Demi Moore, y varios directores lo querían para sus films.

Por esos años, Estévez formó parte del “Brat Pack”, un seudónimo con el que se denominaba a una nueva camada de estrellas jóvenes y rebeldes de Hollywood. En esa lista, aparte de Emilio también se encontraba Molly Ringwald, Anthony Michael Hall, Rob Lowe, Judd Nelson, Andrew McCarthy y Ally Sheedy. Pero a Estévez, ese rótulo no lo entusiasmaba demasiado porque no le interesaba cosechar un perfil demasiado alto (en notable oposición a Charlie, su hermano). “Ese término me seguirá hasta mi lápida” reconoció una vez el actor, que luego agregó: “Es algo molesto porque Brad Pitt, George Clooney y Matt Damon hicieron muchas más películas juntos. Nosotros hicimos apenas dos títulos todos juntos, y de repente eso se convirtió en algo cuyo significado fue mucho más grande”.


A Estévez no lo encandilaban los lujos ni los excesos de Hollywood, todo lo contrario. En varias oportunidades, Demi Moore confesó que en parte su amor por él tuvo que ver con que era un hombre de familia, que todos los fines de semana comía con sus padres, sus hermanos. En una entrevista, el actor contó: “Mientras crecíamos en Nueva York, yo veía a mi madre luchar mucho por ser artista y a mi padre por ser actor. Por ese motivo, hasta mi adolescencia vivíamos con la plata del día. Fueron años difíciles”. Sin embargo, en esa casa se respiraba amor por la pintura, el cine, el teatro y cualquier expresión artística. Eso derivó en que a los once años, la futura estrella comenzara a filmar películas caseras como formas de juego, de las que participaban varios de sus amigos, unos muy pequeños Rob y Chad Lowe, Sean Penn y obviamente, Charlie Sheen.

En los años posteriores a El club de los cinco, Estévez formó parte de títulos como Freejack, Dos policías al acecho, Ocho días de terror, Marcados por el fuego y especialmente las dos entregas de Demasiado jóvenes para morir, en donde interpretó a Billy the Kid. De ese período no solo le quedó la fama, sino también una íntima amistad con Bon Jovi. Poco a poco y con la llegada de los noventa, su popularidad comenzó a perder fuerza y su nombre le era ajeno a una nueva generación de espectadores. Por este motivo, la trilogía de The Mighty Ducks le permitió encontrar a Gordon Bombay, un personaje muy carismático, con el que revitalizó algo de su estela perdida. Esos films se estrenaron entre 1992 y 1996, y en ellos compuso a un malhumorado entrenador de un equipo juvenil de hockey sobre hielo. Sin embargo, la falta de ofertas tentadoras (“durante años me ofrecieron pura porquería”, reconocería el actor años después), encontró a Estévez replanteándose qué hacer con su carrera y si Hollywood realmente era su lugar de pertenencia.

Cambiar las estrellas por lo vinos

Aunque en la niñez era un juego, Estévez siempre fantaseó con dirigir cine. Escribir guiones era un hobby que nunca abandonó y de esa manera en 1986 estrenó su ópera prima, Marcados por el peligro, a la que le siguieron en 1990 Hombres trabajando, y en 2000 Prohibido X (esas dos últimas, protagonizadas por él junto a su hermano Charlie). Cuando su presencia como actor prácticamente se había desvanecido, decidió enfocar sus energía en la dirección y apostar por nuevos proyectos. De esta forma, en 2006 estrenó Bobby, centrada en la historia del asesinato de Robert F. Kennedy. La preparación de ese guion obsesionó a Estévez, que trabajó siete años en su realización, pero que le valieron los elogios de la crítica y una ovación de siete minutos en el Festival de Venecia.

Sin un horizonte claro en el mundo del espectáculo, Estévez comenzó a mirar otros rumbos. El nuevo milenio no parecía acercarlo al cine, aunque eso tampoco le quitaba el sueño: “Desde luego que gocé de varios privilegios gracias a quién era mi padre, soy muy consciente de eso. Pero rechazo absolutamente lo que significa ser parte de la realeza de Hollywood porque nunca sentí algo así. Mi padre siempre me dijo que este era un trabajo más, que debía hacer las cosas bien y seguir avanzando”.

El año 2005 sería bisagra para el actor y el comienzo formal de su relación el mundo de la viticultura. Prácticamente retirado de la actuación, se fue a vivir a Malibú y allí conoció a una experta enóloga llamada Sonja Magdevski. El flechazo fue inmediato. Conocerla fue un impacto tan grande, que lo comprometió aún más con eso que era una afición, pero que prometía ser un nuevo estilo de vida. En una nota con The Hollywood Reporter, Estévez recordó que en la primera cita de ambos, él se ocupó de cavar pozos en los que ella plantó sus uvas. Ambos estuvieron juntos hasta 2015, y en sociedad produjeron vinos y sus botellas llegaron a ser reconocidas por prestigiosas publicaciones dedicadas al rubro vitivinícola. Durante esos años, Estévez estuvo involucrado en un proyecto solo en cine, que lo encontró como director y no como actor. Se trató de su film El camino, en el que un hombre (interpretado por Martin Sheen) lleva a cabo El camino de Santiago.

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Emilio Estévez: de darle la espalda Hollywood al sueño del viñedo propio
Emilio Estévez, en una escena de The Mighty Ducks, el proyecto que lo trajo de regreso a la pantalla

 

 

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De ser una de las principales caras de la industria del cine en los ochenta a refugiarse en la producción de vinos, para regresar a la industria a través de un pequeño proyecto de Disney+
4 de junio de 2021
19:36
Martín Fernández Cruz
PARA LA NACION
Adiferencia de su padre, Ramón Estévez (conocido como Martin Sheen) y de su hermano Carlos Estévez (Charlie Sheen), Emilio Estévez quiso mantener para su carrera su verdadero nombre. Incluso omitió el Sheen porque no quería obtener favores al ser “hijo de...”, y con el tiempo, comprendió además que el “Estévez” era un modo de abrazar sus raíces hispanas. Y aunque en su juventud fue una de las caras más populares de Hollywood, el tiempo lo llevó a alejarse de la meca del cine y encontrar su vocación lejos de las pantallas. Por este motivo, su regreso a la ficción mediante The Mighty Ducks, le permitió reencontrarse con la industria, luego de varios años de distancia.

Las dos caras del “Brat Pack”

El año 1985 fue clave en el cine apuntado a los adolescentes. El club de los cinco fue una película protagonizada por jóvenes, apuntada a ellos y con una temática que de manera descontracturada descubría el infierno cotidiano que podía vivir alguien a esa edad. Pocos meses después, el estreno de El primer año del resto de nuestras vidas continúo la misma línea temática y confirmó el apetito de los espectadores por historias ancladas en ese período de transición, entre la adolescencia y la primera adultez. Emilio Estévez era una de las estrellas de ambos títulos. El actor había realizado un puñado de películas que no trascendieron demasiado (entre ellas Repo Man, una de las obras maestras ocultas de los ochenta y Rebeldes, de Francis Ford Coppola), pero El club de los cinco y El primer año del resto de nuestras vidas le significaron un abrupto salto a la fama. De golpe, él se codeaba con los grandes nombres de Hollywood, compartía un fugaz romance con Demi Moore, y varios directores lo querían para sus films.

Por esos años, Estévez formó parte del “Brat Pack”, un seudónimo con el que se denominaba a una nueva camada de estrellas jóvenes y rebeldes de Hollywood. En esa lista, aparte de Emilio también se encontraba Molly Ringwald, Anthony Michael Hall, Rob Lowe, Judd Nelson, Andrew McCarthy y Ally Sheedy. Pero a Estévez, ese rótulo no lo entusiasmaba demasiado porque no le interesaba cosechar un perfil demasiado alto (en notable oposición a Charlie, su hermano). “Ese término me seguirá hasta mi lápida” reconoció una vez el actor, que luego agregó: “Es algo molesto porque Brad Pitt, George Clooney y Matt Damon hicieron muchas más películas juntos. Nosotros hicimos apenas dos títulos todos juntos, y de repente eso se convirtió en algo cuyo significado fue mucho más grande”.


A Estévez no lo encandilaban los lujos ni los excesos de Hollywood, todo lo contrario. En varias oportunidades, Demi Moore confesó que en parte su amor por él tuvo que ver con que era un hombre de familia, que todos los fines de semana comía con sus padres, sus hermanos. En una entrevista, el actor contó: “Mientras crecíamos en Nueva York, yo veía a mi madre luchar mucho por ser artista y a mi padre por ser actor. Por ese motivo, hasta mi adolescencia vivíamos con la plata del día. Fueron años difíciles”. Sin embargo, en esa casa se respiraba amor por la pintura, el cine, el teatro y cualquier expresión artística. Eso derivó en que a los once años, la futura estrella comenzara a filmar películas caseras como formas de juego, de las que participaban varios de sus amigos, unos muy pequeños Rob y Chad Lowe, Sean Penn y obviamente, Charlie Sheen.


En los años posteriores a El club de los cinco, Estévez formó parte de títulos como Freejack, Dos policías al acecho, Ocho días de terror, Marcados por el fuego y especialmente las dos entregas de Demasiado jóvenes para morir, en donde interpretó a Billy the Kid. De ese período no solo le quedó la fama, sino también una íntima amistad con Bon Jovi. Poco a poco y con la llegada de los noventa, su popularidad comenzó a perder fuerza y su nombre le era ajeno a una nueva generación de espectadores. Por este motivo, la trilogía de The Mighty Ducks le permitió encontrar a Gordon Bombay, un personaje muy carismático, con el que revitalizó algo de su estela perdida. Esos films se estrenaron entre 1992 y 1996, y en ellos compuso a un malhumorado entrenador de un equipo juvenil de hockey sobre hielo. Sin embargo, la falta de ofertas tentadoras (“durante años me ofrecieron pura porquería”, reconocería el actor años después), encontró a Estévez replanteándose qué hacer con su carrera y si Hollywood realmente era su lugar de pertenencia.

Cambiar las estrellas por lo vinos

Aunque en la niñez era un juego, Estévez siempre fantaseó con dirigir cine. Escribir guiones era un hobby que nunca abandonó y de esa manera en 1986 estrenó su ópera prima, Marcados por el peligro, a la que le siguieron en 1990 Hombres trabajando, y en 2000 Prohibido X (esas dos últimas, protagonizadas por él junto a su hermano Charlie). Cuando su presencia como actor prácticamente se había desvanecido, decidió enfocar sus energía en la dirección y apostar por nuevos proyectos. De esta forma, en 2006 estrenó Bobby, centrada en la historia del asesinato de Robert F. Kennedy. La preparación de ese guion obsesionó a Estévez, que trabajó siete años en su realización, pero que le valieron los elogios de la crítica y una ovación de siete minutos en el Festival de Venecia.

Sin un horizonte claro en el mundo del espectáculo, Estévez comenzó a mirar otros rumbos. El nuevo milenio no parecía acercarlo al cine, aunque eso tampoco le quitaba el sueño: “Desde luego que gocé de varios privilegios gracias a quién era mi padre, soy muy consciente de eso. Pero rechazo absolutamente lo que significa ser parte de la realeza de Hollywood porque nunca sentí algo así. Mi padre siempre me dijo que este era un trabajo más, que debía hacer las cosas bien y seguir avanzando”.


El año 2005 sería bisagra para el actor y el comienzo formal de su relación el mundo de la viticultura. Prácticamente retirado de la actuación, se fue a vivir a Malibú y allí conoció a una experta enóloga llamada Sonja Magdevski. El flechazo fue inmediato. Conocerla fue un impacto tan grande, que lo comprometió aún más con eso que era una afición, pero que prometía ser un nuevo estilo de vida. En una nota con The Hollywood Reporter, Estévez recordó que en la primera cita de ambos, él se ocupó de cavar pozos en los que ella plantó sus uvas. Ambos estuvieron juntos hasta 2015, y en sociedad produjeron vinos y sus botellas llegaron a ser reconocidas por prestigiosas publicaciones dedicadas al rubro vitivinícola. Durante esos años, Estévez estuvo involucrado en un proyecto solo en cine, que lo encontró como director y no como actor. Se trató de su film El camino, en el que un hombre (interpretado por Martin Sheen) lleva a cabo El camino de Santiago.

Emilio Estévez junto a Sonja Magdevski, en los tiempos en que combinaban amor y trabajo
Emilio Estévez junto a Sonja Magdevski, en los tiempos en que combinaban amor y trabajo
Ann Johansson - Corbis Entertainment
Un regreso, pero bajo sus reglas

Cuando se separó de Magdevski, el actor decidió comenzar una nueva vida en Cincinatti. “Amo vivir aquí”, comentó en una entrevista con Vanity Fair y aseguró: “Mi madre nació aquí y hace tiempo una amiga me comentó que debía venir a ver lo que este lugar tenía para ofrecer. ¡Y me encanta! Me gusta decirle a la gente de Los Ángeles o de Nueva York que puede ver lo que sucede en Cincy. Y la verdad es que cuando vienen, se vuelven locos con todo lo que encuentran. Entre sus cervecerías, su arquitectura histórica y sus restaurantes, esta ciudad es algo mágico. Yo la llamó la París del medio Oeste”.

Eventualmente, el mundo de la actuación volvió a golpear sus puertas cuando le ofrecieron interpretar nuevamente a uno de los personajes más icónicos de sus carrera, el entrenador Gordon Bombay. La posibilidad de protagonizar una miniserie que continuara la trilogía fílmica de The Mighty Ducks, le permitió volver a la industria en un proyecto pequeño, que le permite trabajar sin presión y con libertad, y sobre el que reflexionó: “Creo que podemos ser un poco de luz y de consuelo en un año muy duro”. De esta manera, y con un título que sin demasiadas aspiraciones propone entretenimiento sólido para toda la familia, Emilio Estévez se reencuentra con la actuación,

haciendo un camino muy lejos de eso que aún denomina como “la realeza de Hollywood”.

 

 

 

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