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CULTURA

26 de abril de 2021

El libro de 500 años que nadie pudo descifrar

El misterio del Manuscrito Voynich

El códice fue realizado en el siglo XV, está escrito en un idioma desconocido y contiene numerosas y enigmáticas ilustraciones

En el año 1912, en la biblioteca de un colegio jesuita ubicado en las afueras de Roma, el anticuario y librero de origen lituano Wilfrid Voynich encontró un libro medieval que llamó inmediatamente su atención. Se trataba de un códice escrito en un idioma por él desconocido y con profusas ilustraciones que representaban, entre otras cosas flores y hierbas inexistentes, signos astrales, imágenes esotéricas y mujeres desnudas.

De inmediato, el anticuario se interesó por ese enigmático volumen y lo compró para exhibir en su librería de Londres. Se llevaba de Italia ese ejemplar único, de 135 páginas, que encerraba consigo uno de los más grandes misterios que dio la escritura a lo largo de su historia.

Es que, a través de los años, el códice Voynich -bautizado así en honor a su “descubridor”- sería analizado por doctores en idiomas antiguos, criptógrafos, químicos, historiadores, medievalistas y hasta científicos de la NASA, para tratar de desentrañar su contenido. Y ninguno de ellos tendría éxito.

Hace casi 60 años que el ejemplar se encuentra resguardado en el sector de “Libros raros y manuscritos” de la biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, en el estado de Connecticut, Estados Unidos. Sobran las teorías sobre su origen y cada tanto alguien dice tener la solución al enigma que esconden sus páginas.

Pero lo cierto es que, hasta el día de la fecha, nadie sabe a ciencia cierta quién escribió el códice, quién lo ilustró, con qué intención fue realizado y, lo que parece más increíble, en qué idioma o con qué código ha sido escrito.

Detalles del códice Voynich
Se denomina códice habitualmente a aquellos libros que fueron escritos a mano en un período previo a la invención de la imprenta. Se clasifica de esa manera al ejemplar que halló Voynich, no solo porque es un manuscrito, sino porque también, gracias a una prueba de carbono 14 practicada en 2009 al volumen por un equipo de la Universidad de Arizona, se determinó que este fue elaborado entre los años 1404 y 1438 de nuestra era. Es decir, poco antes de que Johannes Gutenberg creara la imprenta de tipos móviles, en 1440.

El libro tiene un tamaño asequible de 22,5 por 16 centímetros y sus hojas son de vitela, una especie de pergamino que tiene la condición de ser a la vez tan delgado como durable. Correctamente pulido y trabajado, este material, que se produce con la piel de vacunos nonatos, resulta ideal para plasmar en él textos manuscritos e ilustraciones.

 

En sus páginas hay un desfile de dibujos que exudan misterio. Desde mujeres sin ropa bañándose en cántaros de agua y lagos de agua verde, hasta figuras relacionadas con la astrología y una serie de plantas y flores de una botánica inexistente, entre otros motivos que llaman la atención por su colorido y belleza.

Y en medio, arriba o abajo de las ilustraciones, en cada hoja existe un muy prolijo texto, cuyo alfabeto, código o idioma no ha sido dilucidado aún ni por los más avezados criptógrafos del mundo. Se habló de alguna lengua oriental, del sánscrito, del tamil y hasta de un lenguaje inventado, similar al esperanto. Pero ningún estudio serio condujo a la solución del enigmático jeroglífico. Solo se pudo contabilizar que el texto estaba formado por 37.919 palabras, construidas con 25 letras o caracteres distintos.

Un informe sobre el códice realizado en la misma biblioteca de la Universidad de Yale describe las características del volumen: “El origen, lenguaje y fecha de composición todavía son debatidos, al igual que sus desconcertantes dibujos y su indescifrable texto. Descripto como un estudio mágico o científico, casi todas las páginas contienen alegres dibujos figurativos pintados con tinta lavada en varios tonos de verde, marrón, amarillo, azul y rojo”.

En Yale también hicieron una división del volumen en seis secciones, de acuerdo con las características de las ilustraciones -aunque algunas de ellas sean abstractas e indescifrables-. Así, establecieron que el códice contiene una parte de botánica, otra de astronomía o astrología, una tercera de biología, un recetario, una quinta farmacología y una sección cosmológica.

Hipótesis sobre el contenido del manuscrito
En la enumeración de hipótesis sobre el posible contenido del manuscrito Voynich, a través de los años, los voycologistas conjeturaron que podía tratarse de cuaderno de botánica, un libro cabalístico, esotérico, o relacionado con la alquimia. También se adujo que era un tratado de homeopatía, un catálogo de pócimas mágicas, un texto hermético o, incluso, el diario de un extraterrestre. Se consideró también la idea, nada improbable, de que el libro haya sido ni más ni menos que un timo, la obra de algún exquisito falsificador.

 

Pero para descartar esta última teoría se echó mano a la llamada “Ley de Zipf”, creada por el lingüista estadounidense George Zipf. Esta norma se fija en la regularidad con la que aparecen las palabras en un texto de cualquier idioma, y estipuló que la palabra más utilizada en un escrito aparece el doble de veces que la segunda más utilizada. Y el triple de veces que la tercera.

Y esta regla se cumple cabalmente en el códice Voynich, por lo que su creador, en caso de que sea una obra destinada al engaño, tendría que haber poseído una genialidad inmensa. Y, además, adelantarse a su tiempo, ya que Zipf formuló su ley en la década del 40 del siglo XX, es decir, unos 500 años después de la creación del libro.

Lo que se puede rastrear de la historia del manuscrito de Voynich es también un cúmulo de informaciones nebulosas. Se sabe que Rodolfo II de Bohemia (1552-1611), rey de Hungría y Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, adquirió el ejemplar por 600 ducados, algo que, por entonces, significaba un verdadero dineral.

La alta suma pagada por el códice fue esgrimida por algunos como una prueba de que el libro se realizó a modo de estafa con el fin de sacarle dinero al monarca. Hay quienes creen también que Rodolfo II compró el libro porque le aseguraron que había pertenecido, o incluso, que lo había escrito el filósofo y teólogo inglés del siglo XIII, Roger Bacon.

 


Las conjeturas que hablan de un libro inventado para engañar al rey de Bohemia se basan en que este pudo ser presa fácil de la trampa, ya que tenía pasión por los temas relacionados con la magia, la alquimia y la brujería, y fue mecenas de diversos representantes de estas disciplinas. Entre ellos, de John Dee, el matemático y ocultista inglés que, para otros criptógrafos, también puede haber sido el autor del manuscrito.

Eruditos en busca de una respuesta
En los siglos XVI y XVII, más eruditos intentaron descifrar el lenguaje encriptado del códice. El alquimista Jacobus Horcicky de Tepenecz, el bibliotecario imperial Georg Barsche y el profesor de la Universidad de Praga, Johannes Marcus Marci, entre otros. Incluso se envió el libro al jesuita Athanasius Kircher, famoso por intentar descifrar los jeroglíficos del antiguo egipcio, pero tampoco pudo dar con una respuesta y donó el volumen a la que hoy es la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma.

Durante el siglo XX, los criptógrafos de la unidad militar de los Estados Unidos intentaron también revelar los secretos del libro, pero no pudieron. En 1921, el profesor de filosofía e historia medieval de la Universidad de Pensilvania, William Newbold señaló que había descubierto la clave para leer el texto de Voynich. Pero luego dijo que la había vuelto a perder.

El académico también aseguró que el autor del volumen había sido -otra vez- Roger Bacon. Pero cinco años después este hombre falleció, hundido en la demencia, por lo que la comunidad científica comenzó a desacreditar retroactivamente sus afirmaciones.

Años más tarde, tras la muerte de Voynich, en 1930, su viuda vendió el libro a Hans Peter Kraus, un bibliólogo estadounidense que no pudo ni descifrarlo ni revenderlo, por lo que terminó donándolo al lugar donde todavía se encuentra hoy: la biblioteca de Yale, donde se puede ver completo de manera virtual.

Entre los métodos que se intentaron a través de las décadas para descifrar el misterio del códice, se aplicaron técnicas tradicionales, como la de sustituir una letra por otra, o asignarles a ellas un valor numérico. Se usaron también tarjetas perforadas y programas de computación para descifrar combinaciones posibles entre los caracteres. Pero nada.

Algo que parece descalificar la idea de que el texto fue escrito en código es que, según la reconstrucción caligráfica que se le hizo, este parece haber sido escrito por una sola mano -incluso algunos aventuran que con la izquierda-, con trazo fluido y seguro, con letras homogéneas y muy regulares, prácticamente idénticas y sin un solo error. Es difícil creer que con esa regularidad en el trazo se pueda haber tratado de una escritura que debiera respetar códigos crípticos.

 

Las copias del manuscrito y una última teoría
Para el año 2016, una editorial española llamada Siloé, dedicada exclusivamente a la reproducción de libros antiguos y raros, realizó -con autorización de Yale tras una etapa de pruebas y certificación que llevó años-, unas 898 copias del códice de Voynich.

Cada clon del enigmático ejemplar fue realizado meticulosa y artesanalmente, y su precio de venta de US$8000 cada uno. La idea del emprendimiento, además de lo meramente comercial, es permitir que la divulgación de este ejemplar posibilite que más personas accedan a su estudio y puedan dar con la respuesta al misterio que encierra hace casi seis siglos.

La última noticia que se obtuvo en relación al códice y la posible resolución de su enigma fue presentada en junio del año pasado. El egiptólogo alemán Rainer Hanning, del Museo Roemerund Pelizaeus, de la ciudad de Hildesheim cree que, luego de tres años de análisis del material, está en condiciones de decir que ha descifrado el código para traducir el texto. Este hombre asegura que el idioma de base del manuscrito es el hebreo.

Hanning identificó una conexión entre ciertos caracteres del Voynich y el hebreo, y ya habría logrado traducir las primeras palabras. Y luego, algunas oraciones completas, según informa el medio británico The Art Newspaper.

Pero de ser esto científicamente probado, la traducción total del libro llevaría unos dos años. Hasta entonces, el misterio del contenido de los arcanos del código Voynich permanecerá intacto.


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