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HISTORIA

22 de octubre de 2021

Los escabrosos detalles de la muerte de Juan Lavalle

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Asesinado el 9 de octubre de 1841, la travesía que realizaron sus hombres para salvar sus restos y darle cristiana sepultura fue un capítulo aparte en la vida de uno de los hombres más polémicos de la primera parte del siglo XIX.

Juan Galo Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797, de notable carrera militar tomó relevancia en la guerra por la independencia, la posterior guerra civil y contra el Brasil (esta última sellaría su destino). Reconocido unitario llegó a ser gobernador de la provincia que lo vio nacer tras el polémico fusilamiento a Manuel Dorrego. Su muerte es un capítulo aparte que merece mención.

Lavalle fue un héroe de las campañas de José de San Martín y Simón Bolívar. De la mano del Libertador de América tuvo su bautismo de fuego en la toma de Montevideo, en 1814, el destino y la guerra quisieron que actuara bajo las órdenes de Dorrego. Un presagio tal vez.

Pero más que enfocarnos en la ascendente carrera militar, haremos un repaso de esos hechos que hicieron que aquel 9 de octubre de 1841 conociera la muerte en circunstancias que aún son confusas. A fin de cuentas, es uno quien teje su propio destino con buenas o malas decisiones.

El final de la Guerra contra el Brasil, que terminó con la rendición de las tropas nacionales y el posterior nacimiento de la República Oriental del Uruguay en agosto de 1828, supuso un gran descontento de los grupos unitarios que habían peleado allí y que estaban bajo las órdenes de Lavalle. Casi sin consultarlo, lideró un golpe que derrocó al entonces gobernador Dorrego y que terminó con la decisión de fusilarlo el 13 de diciembre. Una decisión que tendría más que un costo político.

Intentó en 1839 enfrentarse a Juan Manuel de Rosas, pero fue perseguido hacia el norte contra un ejército superior. La derrota casi humillante en Famaillá, Tucumán, de septiembre de 1841 fue el principio del fin para un héroe olvidado en vida. El 8 de octubre supo que era buscado en lo que era casi una cacería en Salta, al mando del comandante Cardozo y en Jujuy, bajo las órdenes del coronel Domingo Arenas. Le insistieron rumbear directamente hacia la Quebrada de Humahuaca y sin detenerse en la ciudad. No lo hizo, en su defecto pidió que su ayudante de campo Pedro Lacasa y ocho hombres al mando de Celedonio Álvarez lo acompañen a pasar la noche.

Decidió quedarse en la casa de la calle Del Comercio a media cuadra de la iglesia de San Francisco que tenía tres patios, galerías y varias habitaciones. La dueña de la pulpería, ubicada en la misma cuadra, le dio la llave de la casa a su arribo a las 2 de la madrugada.

En las primeras horas del 9 llegaron cuatro tiradores y nueve lanceros al mando del teniente coronel Fortunato Blanco que los intimó a "rendirse". Lo que pasó después no está del todo claro, la versión que se reprodujo hasta estos días fue que dispararon tres veces a la puerta donde él se escondía, uno de esos proyectiles entró por el agujero de la cerradura y terminó dando en su garganta lo que le provocó la muerte.

Sus hombres se dispusieron a salvar su cuerpo. El primer paso fue quitarles las botas, taparle el rostro con un lienzo y así subirlo a un caballo con la cabeza y los brazos colgando hacia un lado y las piernas al otro para huir del pueblo, de los curiosos y de sus enemigos. El objetivo del viaje era llegar a Humahuaca antes de que sus perseguidores ya que querían la cabeza del desdichado.

Lograron llegar el 11 a destino, el cadáver estaba en avanzado estado de descomposición por lo que primero optaron por llevar solamente la cabeza hasta que el coronel Alejandro Danel dijo que él lo descarnaría. Minutos después pidió un cuero y una salmuera y con solo su cuchillo comenzó la tarea a orillas del arroyo Huacalera; mientras separaba carne y vísceras, el cabo Segundo Luna lavaba los huesos que acomodó en una caja con arena fina. En cuanto a su cabeza fue envuelta en un pañuelo blanco y su corazón fue puesto en un frasco con aguardiente, los restos se envolvieron en el cuero y los sepultaron cerca de la capilla de la Inmaculada Concepción. El 16 pasaron por La Quiaca y el 17 cruzaron la frontera.

El 23 la urna con sus huesos, la cabeza y el corazón fueron sepultados en la catedral de Potosí, allí permanecieron un tiempo cuando en 1842 fueron trasladados a Valparaíso, Chile, y en 1861 fueron trasladados nuevamente, esta vez a Buenos Aires donde descansan actualmente en el Cementerio de la Recoleta. Las tantas vueltas del destino en la historia argentina quisieron que su tumba esté a metros de la de Dorrego, aquel que mandó a fusilar marcando también lo que sería su propio final.

 

 

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