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HISTORIAS

21 de julio de 2021

Era adicta al sexo, convenció a su amante de asesinar a su esposo por 50 mil dólares y huyó tras cambiar su rostro con cirugías

Frank "Marty" Theer y Michelle Forcier comenzaron a noviar en la secundaria y se casaron a los 20 años. Con el tiempo, las personalidades de cada uno se hicieron incompatibles, hasta que estalló la tragedia.

Frank era aviador militar y Michelle psicóloga. Formaban un matrimonio en apariencia exitoso y feliz. Pero la mujer comenzó a coleccionar amantes en sitios de internet. Y su codicia la llevó a idear un macabro plan que terminó con su marido muerto de cinco balazos y ella envuelta en una huida desesperada

Cuando Frank “Marty” Theer y Michelle Forcier se conocieron en el colegio secundario, enseguida, todos sus amigos pensaron que se había formado una pareja perfecta. Los dos eran ambiciosos, deseaban progresar y tenían personalidades que se complementaban. Él era tranquilo y reservado; ella inquieta y enérgica. Esperaron, con prudencia, a que Marty se graduara en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y, en 1991, se casaron. Tenían solamente 20 años.

Con el paso de los años se convirtieron en el clásico matrimonio norteamericano: vivían inmersos en una felicidad estable y parecían tener un destino económico próspero.

Hasta aquí una historia de lo más convencional.

Hijos no, diversión sí

Los siguientes ocho años, la pareja se la pasó viajando de una base aérea a otra. Se mudaron seis veces. Marty estaba más tiempo trabajando y en misiones especiales que en su propia casa. Michelle trabajaba en un consultorio de psicólogos mientras esperaba obtener su matrícula. Sería la primera en la familia en lograr un título universitario.

Nadie lo sabía, pero las discusiones entre ellos habían empezado a ser frecuentes. Michelle quería divertirse, salir más y no deseaba tener hijos. Marty estaba poco en casa, pero sí soñaba con bebés. Michelle sentía que ya se había ocupado de criar a sus propios hermanos, Angela y Tom, cuando su madre separada de su padre comenzó a trabajar a tiempo completo. Se había pasado años cuidándolos y los fines de semana encerrada, estudiando la Biblia en la iglesia bautista local. Definitivamente, no quería más niños a su alrededor.

Cuando, finalmente, se graduó como psicóloga y ya no tuvo que ocupar su tiempo en estudiar, su sentimiento de soledad se acentuó. La depresión la rondaba y las peleas con Marty escalaron en intensidad. Aun así los Theer se las arreglaron para mantener a flote su matrimonio... por un tiempo más.

Pero la “solitaria” Michelle no estaba tan sola porque había descubierto un mundo virtual: los chats de sexo en Internet. Se definió en su perfil como una “morenacasada”... La sorprendió la cantidad de propuestas que le cayeron al instante: maratones sexuales, juego de rol, tríos bisexuales, prácticas sadomasoquistas, parejas swinger… En poco tiempo esto ocupó su cabeza al ciento por ciento. Dejó los ansiolíticos y antidepresivos... y empezó a circular por esa web desconocida. Los romances extramatrimoniales de Michelle habrían empezado por ese tiempo y la mantuvieron entretenida. Hasta que se topó, en un chat, con otro miembro de las fuerzas armadas, el sargento John Michael Diamond.

John (28), se había graduado del secundario y se había alistado en la armada de los Estados Unidos el mismo año en que los Theer se casaron. Él también provenía de una familia de militares: su abuelo había estado prisionero en la Segunda Guerra Mundial y su padre era veterano de Vietnam.

De affaire virtual a real

El coqueteo online fue subiendo de tono. Pasaron meses intercambiando mensajes de alto voltaje y apostando a concretar secretos deseos sexuales. Del chat pasaron a pergeñar un encuentro en persona.

En el año 1999 los Theer se habían mudado a Fayetteville, en Carolina del Norte. Marty estaba destinado en la base de la Fuerza Aérea de Pope. John, un soldado de las fuerzas especiales, estaba enrolado en la base militar de Fort Bragg, muy cerca de Fayetteville.

Demasiado cerca para tanto deseo acumulado. Y Michelle era una persona que siempre cedía a las tentaciones.

Cuando, finalmente, concretaron la cita cara a cara, en una cafetería de Fayetteville, la lujuria se desató entre ellos sin remedio.

Lo cierto es que, por ese entonces, John venía desbarrancando en su segundo matrimonio. El gran problema eran las frecuentes infidelidades del sargento.

John y Michelle hablaron mucho y coquetearon más. El romance le puso pimienta a sus vidas que sentían aburridas y agobiantes. Comenzaron a pasar todo el tiempo posible juntos. Iban a las discotecas de Fayetteville y empezaron a frecuentar parejas swingers... La aventura entre ellos ya no les resultaba suficiente desafío. Seguir sumando gente a las aventuras eróticas se les convirtió en una necesidad. Cada vez querían más y las fiestas se volvieron muy concurridas.

Luego de varias semanas de locura sexual, un día Marty volvió y se terminó el jolgorio.

El retorno del piloto

Marty había estado en un curso de entrenamiento de vuelo, que había durado seis semanas, en Little Rock, en el estado de Arkansas. Apenas abrió la puerta de su casa se dio cuenta de que algo andaba mal en su matrimonio. Michelle parecía otra. Marty no esperó y le propuso hacer terapia. Michelle, a desgano, aceptó. Después de todo, ella misma era psicóloga. Escogieron un profesional y comenzaron las sesiones.

Delante del terapeuta Marty aprovechó para quejarse de Michelle. Dijo que él pretendía una mujer más hogareña, que le gustara quedarse en casa y tener hijos. Michelle, en cambio, sostuvo que Marty era un obsesivo compulsivo y se ocupó de dejar muy claro que ella no pensaba quedarse en casa, después de todo era él quien siempre estaba afuera, trabajando.

El psicólogo se dio cuenta de que la pareja hacía agua por los cuatro costados. Los dos miraban la existencia desde perspectivas opuestas y sus proyectos de vida eran incompatibles. Él buscaba la paz del hogar; ella, el ruido de las noches.

En junio del año 2000 Michelle se hartó, pegó un portazo y se fue de su casa. Alquiló por las suyas un departamento y se mudó con John. Decidieron tomarse unas largas vacaciones en las Antillas Holandesas y comenzaron a fantasear con vivir en el Caribe. Estando en las islas, Michelle aplicó para un trabajo en la Universidad de Medicina de Saba. En los formularios escribió que John era su novio, aunque ambos continuaban casados con otras personas. Cuando se enteraron de que el director de la institución era un ex fiscal norteamericano Michelle y John decidieron abandonar la idea.

Con el correr de las semanas hubo un punto de inflexión para Michelle: se dio cuenta de que su relación con John no era mucho mejor que la que tenía con su marido. Era más de lo mismo.

Luego de dudar mucho, al regresar a los Estados Unidos, se reencontró con Marty. Reanudaron la relación, manteniendo domicilios separados, pero ella no terminó su romance con John. Ni con otros hombres que encontró en la web.

A pesar de tanto estudio de psicología, Michelle no lograba entenderse a sí misma.

John la llenó de mails donde le aseguraba su amor y le preguntaba, desafiante, cómo podía estar con un hombre que ella decía no amar.

En julio del año 2000, y a pesar de estar en medio de un proceso de divorcio, los Theer volvieron a terapia. En octubre Michelle decidió reconciliarse definitivamente y se mudó a la casa de Marty.

A su jefe el Dr. Harbin, con quien compartía consultorio, le aseguró que terminaría su relación con John Diamond. Mentira.

En noviembre John le envió otra seguidilla de mails y la llamó infinidad de veces diciéndole que era infeliz, que la necesitaba junto a él: “Bebé, siento que hice algo mal. Por favor, decime qué hice. No me llamás, nada…”. Y para probar su devoción hacia ella le prometió que haría lo que ella quisiera.

El 9 de diciembre Michelle le mintió a Marty: le dijo que iba a celebrar su cumpleaños con compañeros del secundario. En cambio, lo celebró teniendo relaciones sexuales con su amante John Diamond.
Mortal comida navideña

Ocho días después, el 17 de diciembre, Michelle y Marty fueron a una comida en un restaurante para festejar la Navidad con el doctor Thomas Harbin, su esposa y un matrimonio más. En la cena, las tres parejas brindaron por la próxima Nochebuena y para despedir el año.

Una celebración anticipada por lo que no vendría.

Cuando estaban por retirarse del lugar, a eso de las 21.30, Michelle les dijo que iba al baño. Aprovechó el momento para llamar, a escondidas, a John Diamond.

En el camino de vuelta a su casa los Theer llevaron en el auto a una de las parejas hasta la zona donde estaba el consultorio de Michelle, en el 2500 de la calle Raeford Road. Llegaron al lugar a las 22.30.

El matrimonio amigo se bajó y ellos salieron del estacionamiento para continuar su viaje a casa, pero minutos después volvieron por pedido de Michelle. Ella le dijo a su marido que necesitaba unos libros, que estaban en la biblioteca, para preparar unos reportes. Solo demoraría unos minutos en agarrarlos. Marty estacionó y se quedó esperando en su Ford Explorer mientras Michelle subió a la oficina. Después de unos cuantos minutos de espera, Marty se impacientó. Decidió ir a ver qué retenía a su mujer en el edificio. Bajó del auto y se dirigió hacia la escalera trasera. Mientras subía los primeros escalones sintió que alguien salía de entre los arbustos y lo llamaba. Se dio vuelta y recibió dos disparos, uno en cada uno de sus hombros. Enseguida, retumbaron dos más, uno en cada una de sus piernas. Se desplomó consciente al pie de la escalera. El tirador se acercó, apoyó el caño en su cabeza, y le incrustó una quinta bala entre los sesos.

Ese fue el disparo que lo mató.

Michelle escuchó ruidos extraños en medio de la noche y salió corriendo de su oficina gritando el nombre de su marido. Cuando lo vio creyó que todavía respiraba. Pensó en llamar al 911, pero se dio cuenta de que había dejado las llaves dentro de su oficina y la puerta estaba cerrada. Subió al auto y condujo tres kilómetros hasta un negocio llamado Video Hut donde entró a los gritos y ensopada de sangre. Pidió que llamaran a emergencias. Las empleadas, Chondra Fuzie y Joyce Smith, la ayudaron. Extrañadas, notaron que Michelle no lloraba ni temblaba por lo sucedido. Luego del llamado, las testigos dijeron que la mujer ensangrentada salió disparada hacia el exterior del local. Les dijo que quería esperar a la ambulancia al lado de su marido. Cuando los médicos llegaron la encontraron de rodillas, acunando la cabeza de Marty y diciéndole que todo iba a estar bien.

Esa era su historia.

El capitán Theer, de 31 años, fue enterrado en el cementerio de la Academia de la Fuerza Aérea en Colorado Springs. En su ataúd, su hipócrita mujer, escribió: “Mi querido Marty, sé que podés escuchar mi corazón aullando de pena, buscando tu alma en mis sueños, esperando que llegues a mi puerta y me digas que todo ha sido un error. Si vuelves a casa hoy, yo nunca más me enojaré por nada. Te besaré y te abrazaré hasta que mis brazos colapsen”.


Una investigación veloz

Los oficiales de policía tuvieron claro que, desde el principio, el hecho no era un robo que había terminado mal. No faltaba nada: ni la billetera ni el auto habían sido tocados por nadie. Parecía una ejecución.

Los paramédicos que tomaron el pulso a Michelle en la escena del crimen, lo encontraron extrañamente normal.

Otro hecho llamativo captó la atención de los detectives de homicidios pocas horas después: hacía muy poco que Marty había sacado un seguro de vida por 500 mil dólares. La beneficiaria era Michelle.

Cuando los investigadores examinaron los videos de la zona de la casa de los Theers enseguida se dieron cuenta de que había un visitante frecuente: el sargento John Diamond. Muchas veces, hasta se quedaba a dormir. No les dio mucho trabajo elucubrar un posible móvil. Además, la relación de Michelle con John Diamond no era un secreto para nadie. Demasiada gente sabía de la vida paralela de Michelle.

La mujer de John, Lourdes Diamond, primero sostuvo la coartada de su marido. Pero no demoró en confesar la verdad: aquella noche estaban mirando una película, con la madre de Lourdes, cuando sonó el teléfono de John. Eran las 21 horas y él, al cortar la llamada, le dijo que tenía que ir a las barracas militares. Se cambió de ropa y se puso un abrigo de invierno antes de salir.

La policía confirmó la hora y la llamada y descubrió que provenía del teléfono de Michelle Theer.

Cuando el 20 de diciembre la interrogaron y le preguntaron sobre esa comunicación clave, Michelle negó haberla realizado.

Después de la muerte violenta del capitán Theer, Michelle y John siguieron con sus escapadas furtivas. Incluso se tomaron unas vacaciones juntos y viajaron al estado de Florida. Michelle creía que podía manejarlo todo.

La psicóloga que cambió de rostro

Los detectives siguieron recolectando información y averiguaron que John había pedido prestada, a un amigo, una pistola 9 mm Smith & Wesson, modelo 5906, unos días antes del crimen. Las balas coincidían con las que habían recuperado del cuerpo de Marty.

La policía recurrió a este amigo y le exigió que reclamara al sospechoso la devolución del arma.

John no la devolvió e inventó un robo. En febrero de 2001 dijo que se la habían birlado del auto luego de romperle una ventanilla. Fue el peor error porque ese dato condujo directamente hasta él. Su auto, del que supuestamente habían sustraído la pistola, había estado estacionado durante la noche del robo frente a la casa de Michelle. Las cámaras no mentían.

En marzo de 2001, John Diamond fue imputado por el crimen y por haber actuado con premeditación. Si bien la justicia militar no tiene jurisdicción sobre los civiles, presionó para que Michelle fuera también imputada.

En agosto de 2001 comenzó el juicio contra John en los tribunales militares. Michelle fue llamada como testigo, pero se rehusó a responder preguntas.

Diamond fue condenado y enviado a la cárcel militar de Fort Leavenworth, en Kansas, para cumplir cadena perpetua.

Los investigadores estaban convencidos de que Michelle había sido parte del complot para matar a su marido, pero mientras la estaban investigando, ella escapó. Dejó su residencia en Louisiana y se convirtió en fugitiva.

Durante esos primeros días consultó por Internet cómo hacían los prófugos para evadir a la justicia y no ser capturados. Con un software especial falsificó su documento de identidad y creó varios más, por las dudas. También confeccionó un certificado de bautismo y una partida de nacimiento con datos falsos. Se cortó y se tiñó el pelo para dejar el castaño rojizo y pasar a ser rubia. Buscó más información en los libros que compró: Renacer en los Estados Unidos de América, Secretos para obtener una nueva identidad y Cómo desaparecer en América. Luego, dio el paso crucial: se sometió a varias cirugías plásticas. Se enderezó la nariz, se agrandó el mentón con implantes, se quitó unas cicatrices de acné con láser, se estiró los párpados y rellenó sus labios.

La psicóloga había emergido del quirófano con otra cara y otro nombre.

Arresto y cárcel

En mayo de 2002, un gran jurado acusó a Michelle de asesinato, pero ella no estaba por ningún lado.

Las fuerzas especiales Marshall sospechaban que ya tenía una nueva pareja. Encontraron a un posible novio quien fue puesto bajo vigilancia. Sin saberlo, él los llevó hasta el escondite de Michelle. Estaba en un departamento que había alquilado, en Lauderdale-by-the-sea, en el estado de la Florida, bajo el nombre de Liza Pendragon. Tenía también, en su cartera, una licencia de conducir como Alexandra Solomon. Vivía con dos perros y un loro.

A un vecino, Rob Ashley, que observó su cara amoratada por las cirugías le dijo que todo era consecuencia de un accidente de auto y que estaba escapando de una pareja violenta. Su imaginación era sorprendente.

El 15 de agosto de 2002 fue arrestada por el asesinato de su marido. Le ofrecieron un trato: si confesaba en detalle, pasaría solo ocho años presa. No quiso. Estaba segura de que convencería al jurado de su inocencia. El juicio se realizó en septiembre de 2004.

El fiscal que presentó el caso, Greg Butler, la acusó de haber planeado el crimen para cobrar el seguro de su marido. Butler la describió ante el jurado como una mujer “oscura, manipuladora, cínica, fría y con un corazón malvado”.

El testimonio de Charles McLendon, un hombre con quien Michelle tuvo un affaire entre el año 1999 y el 2000, fue relevante para desnudar los patrones de conducta de la psicóloga que usaba Internet para coleccionar parejas casuales.

Su promiscuidad sexual, la negación de Michelle a tener descendencia y sus creencias en la religión Wicca (una mezcla de brujería con prácticas rituales antiguas) fueron parte de lo que se habló en el estrado.

El Dr. Kastleman, en su declaración sobre las sesiones de la pareja durante el verano del 2000, sostuvo que ellos “no tenían las mismas aspiraciones” y que a Michelle no se la veía motivada para hacer terapia. En cambio, sobre Marty dio a entender que sí estaba interesado en que su matrimonio funcionara y que intentaba “acomodarse a los deseos de la acusada”. El profesional agregó que creía que ella no amaba a su marido.

El jurado deliberó seis horas y la declaró culpable. La sentencia fue prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Era el 3 de diciembre de 2004 y faltaban seis días para que cumpliera 34 años.

Marty era el único hijo de Linda Gettler quien declaró, luego del juicio, estar conforme con la sentencia. Al escucharla dijo que sintió “alivio, porque por fin todo había terminado”.

Michelle está actualmente encarcelada en el correccional de mujeres en Raleigh, Carolina del Norte y tiene 51 años. Desde entonces ha pedido un nuevo juicio y ha intentado numerosas apelaciones sin ningún resultado. También tuvo un intento de fuga en el año 2010, por el que fue puesta en confinamiento, y once infracciones más durante el tiempo que lleva tras las rejas.

Como siempre, sobre el caso se escribió mucho y se filmó más. Pero esa fama ganada con sangre no podrá sacar a la psicóloga Michelle de prisión.

Quedó claro que su profesión no la ayudó a comprender los extraviados deseos que habitaban su mente.

 

 

 

 

 

 

 


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