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ESPECTÀCULOS

27 de septiembre de 2020

El Indio Solari volvió a cantar

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La banda celebró sus 15 años, presentó el documental "Con los puños en alto" y entregó casi tres horas de show salpicado de clásicos. Desde las pantallas, el Indio cantó temas nunca hechos en vivo.

Es raro, y en algún punto es el recordatorio de cuánto se extrañan las ceremonias en vivo, la música sucediendo en el momento y los sentidos dejándose llevar. A la vez, es lo que hay: la pandemia no pide opiniones ni sensaciones, es lo que es. Y también... cuando en la presentación online de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado aparece ese señor calvo cantando “Un ángel para tu soledad” desde las pantallas, una rara emoción recorre el cuerpo. No, claro que un streaming de sábado por la noche está muy lejos de la experiencia de un show del Indio Solari o los Redondos. Pero no importa que sea un sucedáneo inevitable por los tiempos que corren. Estas cosas hacen bien. La música hace bien. La música del Indio genera cosas, está más allá de la virtualidad del asunto.

Y si eran necesarias excusas formales para Desde los satélites, cumplía 15 años la banda que acompañó al Indio hasta aquella triste noche de Olavarría, la de la asistencia multitudinaria y la tragedia de dos muertes. Y había para mostrar un documental que cuenta su historia, Con los puños en alto, y la decisión de donar parte de lo recaudado a La Garganta Poderosa. Suficiente para agotar los 20 mil tickets digitales que daban acceso al show en el escenario del Malvinas Argentinas. Podrían haber sido más, pero se decidió no correr el riesgo de uno de esos colapsos digitales que arruinan la idea.

El tecladista y guitarrista Pablo Sbaraglia, los guitarristas Baltasar Comotto y Gaspar Benegas, el bajista Fernando Nalé, las cantantes Deborah Dixon y Luciana Palacios, el saxofonista Sergio Colombo, el trompetista Miguel Angel Tallarita y el baterista Ramiro López Narguil encararon entonces el compromiso a sabiendas de que nada puede replicar un concierto de la “vieja” normalidad –y ellos, que tuvieron ante sí el espectáculo de masas arengadísimas, lo saben mejor que nadie-, pero quizás por ello con una energía contagiosa. Repartiendo las voces, todas ellas en un registro solariano que eliminó interferencias; con una producción cuidada y sonido impecable, contando con grabaciones del mismo Indio en pasajes clave, la banda le dio curso a casi tres horas de show intenso y salpicado de viejos y nuevos clásicos.

En situaciones así, más vale apartar las consideraciones cínicas sobre ver a una banda sin su líder, y nada menos que ese líder. La performance de Los Fundamentalistas no tuvo nada de “banda de covers”, y no solo por la obviedad de que no son una banda de versiones, sino los músicos que acompañaron a Solari por todo lo alto en su aventura. La previa del documental ayudó a ir construyendo la expectativa: el pormenorizado relato coral dejó constancia de cuánto significaba para esos músicos montar este show, como lo fue aquel concierto que buscó recaudar fondos para la intervención de Martín Carrizo. Quedó claro que no se trataba de un ejercicio de nostalgia o una imposible revancha del regusto amargo de aquel último show. El noneto no solo interpreta, siente ese repertorio. El modo en que dan cuenta de su experiencia delata lo que significa para ellos.

Por eso, seguramente, resultó tan disfrutable, tan humana, una situación tan artificial. Estructurado con el viejo y querido recurso de las “dos entradas”, sobreviviente de la era de los pubs, el concierto fue engarzando pasajes de todos los discos solistas del Indio, clásicos ricoteros inevitables como “Vencedores vencidos”, “Susanita”, “Blues de la libertad” (obviamente vocalizado por Dixon) y “Preso en mi ciudad”. Y dejó un plus nada menor, el de Solari cantando a distancia tres canciones de El ruiseñor, el amor y la muerte, el notable disco aparecido tras el retiro del Indio de los escenarios. La intensidad conque sonó “Pinturas de guerra”, saber que esta será la única manera de ver esas canciones “en vivo”, redobla la bronca hacia la enfermedad con la que lidia el artista.

Desde los satélites, entonces, será otra postal de los tiempos pandémicos, una extrañeza más en una época hecha de pura sensación de deformidad. Pero, a diferencia de otras, fue una extrañeza plena de sentido, de necesidad de conectar a través de las canciones con un acto presencial imposible, y no solo por obra del virus. Quizá el único momento de vacío –y era ineludible- fue “Ji Ji Ji”, el centro de una de las ceremonias más impactantes que haya dado el rock argentino. Es probable que unos cuantos, arrastrados por la épica, hayan terminado bailando entre cuatro paredes con su mascota. Muy lejos del pogo más grande del mundo, sí. Pero bastante cerca de sentirse liberados por la música.

Fuente: www.pagina12.com.ar

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