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HISTORIAS

25 de noviembre de 2021

Solo y a la deriva le pidió una "mano" al Gaucho Gil y este lo escuchó

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La historia de Miguel, un artesano de Rosario al que el Gauchito Gil le cumplió y lo sigue venerando.

Una historia donde la procesión y la devoción no van por dentro. Hace más de 30 años, Miguel Ángel Caselli tuvo que aprender el oficio de artesano porque le hacían ruido las tripas. Corrían los ´90 y se fue a la pequeña localidad de Mercedes, Corrientes, a probar suerte vendiendo ajos. Su socio le jugó una mala pasada y lo dejó a la buena de Dios en la ruta nacional N° 123, donde está la tumba del Gauchito Gil, el santo popular y justiciero: le pidió una mano y lo escuchó.

 

 

Desde hace 15 años, Miguel, el gaucho de barrio Parque de Rosario (como le dicen cariñosamente) vende en la puerta de su casa, de Viamonte 3123, mates, cuchillos, porta termos, billeteras y cintos. Todos los días saca su mesa a la vereda, la viste de rojo y en el medio tiene al gaucho milagroso, Antonio Gil, hecho por sus propias manos: una figura de yeso que lo custodia cubierto de ofrendas en las que abundan los agradecimientos por deseos cumplidos.

“Al Gaucho lo conocí en una época que andaba tirado, mal. Le dije que si me concedía lo que le pedía siempre iba a estar en el centro de mi mesa. Me sacó de un momento crítico. Para mí el gaucho es todo. En el barrio soy un clásico, el que no conoce mi mesa no conoce Rosario”, asegura Miguel.

De Rosario, a Corrientes y Córdoba.

 

 

En los ´90 Miguel tenía un Valiant 3 y puso primera para probar suerte en el norte del país. En Corrientes conoció a un rosarino y ambos se lanzaron a vender tomates. “Íbamos desde Santa Lucía (San Juan), a Mercedes, Curuzú Cuatiá, Paso de los Libres. Vendimos mi auto para hacer un carro, compramos mercadería y mi socio me dejó tirado en la tumba del Gaucho Gil”, contó el artesano.

 

Miguel quedó en pampa y la vía. Pasaron varios días hasta que conoció a Roberto, un artesano de Mercedes que lo rescató. “Me acercaba para ver si me daba un mate, una charla. Hasta que al tercer día me dijo vos no sos de acá. Me llevó a su casa, me dio comida, catre y tabaco. Yo le decía qué lindo oficio que tiene. Y me preguntó ¿vos querés aprender? Así empecé”.

 

Había pasado más de un año y medio y con el carné de artesano que le dieron en Corrientes, firmado por el secretario de Gobierno y de Cultura, se fue Jesús María, Córdoba, a estrenar el oficio. Allí le pidió al Guacho Gil que le concediera un puesto: si se lo cumplía iba a ir caminando hasta su altar y lo colocaría siempre en el centro de su mesa.

 

“Los puestos valían caros. Hablé con una chica del predio, le conté que venía de Mercedes y le mostré mi carné de artesano. Me dieron un gazebo y me alquilaron una habitación. El primer día no vendí nada, pero al siguiente me sacaban los mates de las manos. No llegaba a ponerlos en la mesa”, recordó Miguel.

Un trotamundos con diploma

Miguel recorrió casi toda la Argentina y varios países: Bolivia, Chile, Brasil, Paraguay y Uruguay, entre otros. Estuvo en la Fiesta del Aborigen, de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, en la Fiesta Nacional del Carbón, de Río Turbio (Santa Cruz); en la Fiesta del Caballo; de la Vaca; la Fiesta del Sol; de la Torta Asada; del Poncho; del Inmigrante y del Pomelo; del Estudiante, en Jujuy; de las Colectividades, en Alta Gracia. Conoció el volcán Lanín (al límite entre Argentina y Chile) y hasta se tiró un “clavado” en el lago Nahuel Huapi, pero aseguró que “el sur argentino no tiene rival y en cada lugar dejó amistades”.

 

La vuelta al Pago

 

Miguel volvió a Rosario en el ´93 y tuvo que volver a empezar. Los fines de semana se instalaba en el parque Independencia y armaba su mesa para la vender mates. “El único loco que vendía mates era yo. En esa época me compraban muchos clientes. Un día pasó el gerente de marketing del supermercado Libertad y me ofreció un luga ahí.

 

 Estuve un año y después me fui. Fue una linda experiencia. También estuve en el supermercado de Vera Mujica y Pellegrini, en España y Rioja, Riobamba y Francia, 27 de Febrero y Francia y en el Monumento a la Bandera”.

Desde hace 15 años instaló su mesa, en Viamonte y Francia. Allí está de lunes a viernes, de 9 a 14: vende mates, cuchillos, billeteras, cintos, tablas de madera, yerberas, porta mates y centros de mesa para todos los gustos.

Los mates arrancan desde los 3.000 pesos hasta los 5.000: hay premium, de pezuñas de vaca y de 72 tientos (tejidos), los cuchillos salen desde 1.000 hasta 8.000 pesos; las tablas con cuchillo y tenedor, 1.800 pesos; las billeteras salen entre 1.200 y 1.500; los yerberos cuestan 1.500; los cintos alrededor de 1.500 y los porta mates unos 2.500 pesos.

 

 

En el nombre del Gaucho

La devoción por el santo pagano hizo que Miguel lo tallara con sus habilidades de artesano. Le llevó un tiempo porque no podía moldearle la cara. “Lo tuve tres meses sin cara. Le pedí a un Cristo que tiene mi mamá que las manos de él fueran las mías. Lo hice de yeso y porcelana y está pintado con esmalte sintético. Cada dos meses le saco todas las ofrendas y lo limpio con agua bendita”.

 

Al Gauchito se le dejan velas rojas, porque es el color que lo identifica, vino tinto y cigarrillos, entre otras ofrendas. Hay quienes les entregan cintas y otros se las llevan. En la mesa de Miguel, al santo justiciero y cumplidor, le ofrendaron un rosario del Vaticano, alianzas, anillos de oro, de fantasía, cadenas de plata, monedas de plata, cubanas y españolas, y hasta aros marruecos, entre otros obsequios.

 

“Una vecina se fue de viaje con una amiga que se descompuso y le descubrieron un tumor cerebral. Le pidió al Gaucho, la operaron y le trajo un rosario del Vaticano. Otro caso es fue el de una mujer que fue a la Fiesta de la Cosechadora y antes de irse le dejó una cadena de oro con una pluma. Me dijo que se lo dejaba porque se iba a ganar el 0 kilómetro que sorteaban. Y así fue”, contó Miguel.

Un santo que no para de crecer

 

 

La leyenda del Gaucho Antonio Gil Núñez representa a un universo popular que se transmitió de generación en generación y de boca en boca entre sus devotos: siempre con relatos que engrandecen su figura, sus milagros y favores. Dicen que lo degollaron un 8 de enero de 1878 (por ese motivo se lo honra ese día) en Mercedes, Corrientes, después de ser capturado por haber desertado del Ejército al oponerse a luchar contra sus hermanos. El que lo ejecutó se convirtió en su primer devoto, ya que con la sangre del Gauchito pudo curar a su hijo.

En la mesa de Miguel de barrio Parque siguen circulando los creyentes de este Gaucho pagano pidiéndole milagros que comulgan entre abrazos, llantos y miradas de angustias. Pero también abundan los agradecimientos que los fieles prometieron y el santo les cumplió.

 

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